JUAN EMMANUEL PONCE DE LEÓN

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“Escribir es dejarme llevar

y sobrevivir a lo terrible”

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Nací en Caseros, Entre Ríos, el 17 de mayo e 1982. Actualmente estoy viviendo en Anchorena, San Luis, lugar donde ejerzo la docencia en el proyecto de Escuelas Públicas Digitales (Universidad de la Punta).

Soy padre de Catriel Guillermo y de Jonás Emmanuel.

Edité los libros de poesía "La finitud del vuelo" (2008, Premio Escenario Diario UNO de Entre Ríos); "La siesta inesperada" (2010, Premio Instituto Cultural Latinoamericano & Editorial Aries), "Final de la calle" (2013, Premio Editorial Dunken) y "Cuaderno de la infancia país" (2014, Premio Editorial De los Cuatro Vientos) . También los poemarios: "Tinta como sangre" (2003), "Los silencios y la palabra" (2006), "Patio de infancia" (2006) y "Voces atrás" (2009).

En 2014 edité mi primer audiolibro y mis primeros dos libros electrónicos. 

Participo en varias antologías desde el año 2002 y obtuve algunas distinciones literarias.


Junio 2016:

Poema ELISA

 


 

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POEMAS DE FINAL DE LA CALLE (2013, Dunken)

 

(****)

Voces que no había antes

decapitan mi nombre

para cobrarme la vida prestada,

la inmadurez del llanto,

los abrazos escondidos bajo piedras de nostalgias,

las mujeres que inventé

y las otras,

las que dejaron algo de agua

como lágrimas

en un cuerpo más desierto

que las noches en Anchorena.

 

Resultan vinos difíciles, los recuerdos.

 

(****)

 

La palabra se ramifica como un arbusto.

El hechizo que nos sostiene

se suicida desde la punta de la lengua.

 

En el bar, el vacío de mi copa

se asemeja al corazón.

 

(****)

 

Envenena más el reloj que la serpiente.

 

Como en una visión vi un monte de caldenes sujetando la mañana de los pueblos.

Vi una mujer crucificando la felicidad y calmando con vinagre la sed del mundo.

Vi un cementerio plagado de bichos de luz como fuegos en la noche.

Me vi desnudo y entendí los crímenes del azar, los abortos y la memoria.

 

Las lágrimas son siempre menos que el rocío tempranero,

menos que una copa de vino en la madriguera del hombre solitario.

 

Quiso el canto que descuelgues mi fortuna con un beso.

 

(****)

 

A veces la memoria

es un pájaro reventado a pedradas.

A veces un candado, una cerradura,

una llave

para otros candados

y otras cerraduras.

Una niña

de ojos huérfanos.

 

La memoria existe,

¿por qué sino tu nombre

todavía,

en mi cuaderno último?

 

(****)

 

Pasaron las mariposas por sus ojos.

Los campos por sus ojos.

El árbol de la infancia

por sus ojos y sus lágrimas.

 

Pasaron los pájaros

y se quedaron sobre las piedras del ripio

como un suicidio.

 

La niña extendió los brazos para abrazar

y abrazó la muerte.

 

¿A dónde la puerta para ir a jugar?

 

Sangró  azúcar el vestidito.

 

(****)

 

Vacío mi memoria

para llenar la luna.

 

Ahí está el árbol,

la cama que fue otro árbol,

la mesa que fue otro…

las sillas, los marcos de los espejos,

las bibliotecas…

los pianos…

 

Las cosas que fueron árboles

están en mí.

 

Aferrarme a ellas

es hacerles latir un corazón de madera

que las hace eternas,

hasta mi muerte.

 

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